La Caja Tallada (2)

>> Esta historia tuvo lugar hace ya bastantes años. Fué de las primeras veces que crucé el mar del este en solitario. En aquella época era una gran hazaña, créeme. Los motivos no son importantes, quizá en otro momento los cuente. Lo importante es que aquel yo joven, descarado e intrépido decidió que nada ni nadie le podría impedir hacer lo que su corazón más anhelaba: navegar. Así es, a mi temprana edad (uno o dos años mayor que tú, chico), me escabullí dentro de un barril de un cargamento de arroz que embarcó con destino a Antiac. En mi defensa diré que no era mi idea inicial, pero que las circunstancias me pusieron en tan incómoda situación. No me hacía ninguna gracia tener que viajar como polizón durante cuatro días en un barco comercial. No me preocupaba demasiado morir de hambre, ya que había comida de sobra en los barriles de mercancía. Lo que más me preocupaba era el hecho de poder ser descubierto. En esos tiempos un polizón era un polizón, y ya te imaginas lo que se hacía con ellos, sin importar que fueran niños. Eran tiempos de guerra, chaval, nadie estaba dispuesto a tolerar esas cosas. A pesar de todo esto yo lo hice, fíjate si eran grandes mis ganas de viajar. Logré aguantar durante todo el trayecto sin ser descubierto y desembarcar en el puerto Katara, que en esos tiempos era la tercera ciudad más importante del reino de Antiac, y no la capital, como es hoy en día. No creo que te puedas hacer a la idea de lo abarrotada de gente que estaba ese puerto. Cientos de personas iban y venían de aquí para allá, haciendo esto y lo otro, cada uno en sus asuntos. Comerciantes, mercaderes, artesanos, músicos, “hechiceros”, todos ellos se esforzaban por llamar la atención de los atareados locales y los turistas. Digamos que para mí toda esa actividad que encontré repentinamente ante mis ojos era algo nunca visto. Ésto, sumado al terrible calor de aquel día (típico de las tierras del este), hizo que mi juvenil mente entrara en un estado de pánico espontáneo. La ansiedad se apoderó de mí en el momento en el que me ví rodeado completamente por gente caminando en todas direcciones. Empecé a correr sin rumbo fijo. Por mi cabeza sólo pasaba una cosa: salir de ahí. Me tropecé varias veces, golpeé a unas cuantas personas que me gritaron malhumoradas, pero finalmente logré entrar en una estrechísima calle por la que al parecer nadie pasaba. Casi parecía un rincón invisible para el resto del mundo. Aún hoy en día pienso que puede que así fuera. Por alguna extraña razón, en aquella sombría y angosta calle reinaba una paz casi sospechosa. Leer más “La Caja Tallada (2)”

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La Caja Tallada (1)

El sonido de sus botas al caminar sobre la madera hinchada por el agua salada del puerto siempre le había resultado relajante a Meb. Le recordaba a otros tiempos. Tiempos en los que estar quieto no era una opción y a pesar de ello podía llamar hogar a cualquier lugar. Por eso salía a pasear por el muelle todas las mañanas religiosamente, para llenarse los pulmones de aire marino y llenar de historias la cabeza de algún que otro residente local que tuviera la paciencia para escucharlo. Sin embargo, en estas dos semanas que habían transcurrido desde su llegada (y posterior discurso en público), nadie se había atrevido a pedirle ningún relato. Leer más “La Caja Tallada (1)”

Y con el viento, llegó él

¡Espere un segundo caballero! ¡Deténganse a escucharme! ¡No se vaya, señorita! ¡Ven chaval! Mi nombre es Meb y tengo algo importante que contar. Eso es, agrúpense todos en torno a mí. No pierdan detalle alguno de lo que aquí y ahora se va a relatar.

Como ya he dicho, me llamo Mebagadesi, pero pueden llamarme Meb. No soy más que un humilde mercader que acaba de llegar a esta maravillosa ciudad portuaria. ¿Siguiendo los pasos de la fortuna? Podría ser, pero no. Es más, debería serlo. Sin embargo, no es eso lo que me ha traído hasta aquí, sino otra clase de menesteres, bastante más profundos. Más no nos desviemos del tema que nos ocupa, esa es otra historia. Se estarán preguntando: ¿qué pretende este malandrín, quien dice ser mercader, pero del que nunca hemos oído palabra y que, para colmo, no lleva consigo nada para vender? Pues a eso vamos, ahí es donde radica la importancia del asunto. Efectivamente, no he mentido, soy mercader. Pero no uno cualquiera. Yo no vendo pescado, no trafico con extrañas sustancias de oriente, no destilo licores, no importo valiosos materiales desde las tierras del norte ni me dedico a falsificar piedras preciosas de las lejanas islas. Mi material de trabajo es mucho más complejo que eso. Vengo aquí con un saco repleto de historias, relatos fantásticos de mis numerosos viajes a lo largo de nuestro mundo (o como muchos se empeñan en llamarlo ahora, el “globo”). Mis palabras tienen como destino hacer eco en mentes como las suyas, despertarlas, avivarlas. Invitaré a todo aquel que quiera escucharme a conocer algunos de los hechos más fantásticos, extraordinarios, deprimentes, otros esperanzadores y quizá ciertos que les darán las peores pesadillas durante la noche. Mi objetivo no tiene carácter lucrativo, como ya dije al principio. Simplemente quiero ser escuchado, deseo que se conozcan los resultados de tantos años de peregrinaje, de tantas grutas exploradas, de tantos mares cruzados, de tantos mitos escuchados y muchos textos traducidos. Pues bien, esto es lo que quería decir, y así se lo he contado a todos ustedes, los que han decidido que valía la pena invertir algo de tiempo de sus vidas en escucharme. Aquí estaré para todo aquel que desee hablar conmigo. Busquen en sus corazones y preparen sus almas, pues las historias que aquí se van a revelar no se parecen a nada de lo que les hayan contado nunca…

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